The Brutalist
Director: Brady Corbet
Año: 2024
País: USA
Con: Adrien Brody, Felicity Jones, Guy Pierce
Siempre que veo una película sobrevalorada, me dan ganas de explicar por qué, a pesar de la defensa de la crítica mainstream, realmente no logra sostenerse. Eso es exactamente lo que me pasó con El Brutalista, nominada a 10 premios Oscar 2025, incluyendo Mejor Película.
Empecemos por lo bueno: la película es técnicamente impecable. La fotografía es espectacular, el diseño de producción transmite la atmósfera de la época sin que se note el bajo presupuesto, y la actuación de Adrien Brody es absolutamente digna del Oscar que se ganó. Sin embargo, nada de eso sostiene una película si la trama es tan defectuosa como esta.
Brady Corbet es tan ambicioso como los arquitectos brutalistas: quiso hacer una obra imponente, una monstruosidad de tres horas y media (que, aun con intermedio, se sufre bastante) para consagrarse como un genio del cine (para lo cual le falta, aunque tiene potencial). Pero en ese afán desmedido, construyó una obra pretenciosa, desprovista de significado y rellena de escenas visualmente interesantes pero totalmente vacíos de coherencia y profundidad narrativa.
La primera parte parece hablarnos de la experiencia de Lázló Tóth, un inmigrante húngaro recién llegado a EE.UU. tras la Segunda Guerra Mundial, donde, en teoría, enfrenta el rechazo por ser migrante y judío. Nueva York nos saluda con un plano al revés de la Estatua de La Libertad, que atrae y promete su propio estilo atrevido e irreverente. Rápidamente descubrimos que Lazlo es un genio de la arquitectura, consciente de su propia capacidad y con deseos de evadir la realidad. Sin embargo, el tema no es el defectuoso "sueño americano", un laberinto sin escapatoria perseguido por tantos. Al protagonista las cosas le salen relativamente bien tras un inicio atropellado con su único familiar en EE.UU., su primo Attila. Consigue un mecenas: un empresario adinerado y con ínfulas de conocedor del arte, dispuesto a darle libertad creativa para construir un edificio cuyo significado solo conocemos al final.
Hasta ahí, la primera parte. Es un poco larga, sí, pero llega a ser interesante y promete. Sin embargo, la segunda parte se convierte en una seguidilla insalvable de escenas de relleno y personajes secundarios absolutamente olvidables que no aportan nada a la trama. Hay una sobrina que no habla, hasta que, de repente, pasan los años y reaparece hablando de Jerusalén y la tierra prometida del pueblo judío (¿?). Un potencial villano en el hijo del mecenas que nunca se desarrolla. Escenas de contenido sexual gratuitas. Y una escena violenta que cambia abruptamente el tono de la película y que se siente poco creíble para el personaje que nos habían presentado. Tampoco añade gran cosa a la trama.
Vale, no va sobre el sueño americano. ¿Va sobre un genio atormentado que se refugia en las drogas? No, tampoco. Las drogas son un recurso accesorio para meter más escenas de relleno. ¿Va sobre el arte? ¿Sobre arquitectura? ¿Sobre el significado del brutalismo para el protagonista? No, no y no.
La película entra en una espiral de descenso que culmina en una confrontación, un personaje perdido de cuyo destino no nos dicen nada y, de repente, salta 20 años a un epílogo pegado con babas que intenta explicarnos la filosofía artística y vital del protagonista en un monólogo apresurado y, nuevamente, inconexo. Aparecen unos créditos diseñados en diagonal—muy estéticos, eso sí—dejando a la audiencia medio estupefacta y con la sensación de haber visto tres horas y media de algo a lo que le sobró la mitad y le faltaron cimientos.
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